
Historia 22 · Coraje y precaución 4+
Bani y el farol de la valentía
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Una tarde Bani encontró debajo de la almohada un libro de biblioteca: Cien maneras de reconocer una nube. En la cubierta había un sello: DEVOLVER HOY ANTES DE LA ÚLTIMA LUZ. La Biblioteca de las Luciérnagas estaba al otro lado del bosque y el sol ya se ponía. Bani había recorrido aquel sendero muchas veces de día, pero al anochecer parecía otro lugar. Los arbustos se convertían en sombras enormes, las hojas susurraban y cada rama se esforzaba por parecer una cola. «Correré muy rápido y no miraré nada», decidió Bani. En la primera señal, la Guardiana Búho bajó en silencio de una rama. «Curioso plan para ir a un sitio oscuro», comentó.

Búho no dijo «no tengas miedo». Sacó un farol de cristal lechoso que apenas brillaba. «Este farol se hace más luminoso cuando alguien toma una decisión pensada, no cuando finge que no siente miedo». Juntos comprobaron el sendero después de la lluvia, la batería del farol y el cielo por si venía tormenta. Todo parecía seguro. Bani ajustó la correa de la bolsa y aceptó caminar junto a Búho. «¿Y si sigo teniendo miedo?» «Entonces el miedo también puede venir. Solo que no le daremos el mapa». Dentro del farol apareció una pequeña línea dorada.

Unos pasos después se oyó un terrible shhh-rrr-rrr entre los arbustos. Bani saltó tan alto que sus orejas casi adelantaron la señal. «¡Hay algo enorme!» Búho no se metió entre las hojas. Se quedaron en el camino y alumbraron desde lejos. Eran hojas secas rodando bajo una rama. Bani soltó el aire. «El Gran Comehojas. Tamaño: tres hojas». El farol brilló más. Bani entendió que a veces lo más aterrador es simplemente aquello a lo que la imaginación todavía no ha podido poner un nombre real.

En el arroyo los esperaba un puente estrecho. Las tablas estaban húmedas y brillantes. «Aquí no quiero demostrarle nada al farol», dijo Bani. Pidió a Búho que fuera primero, se sujetó a la barandilla y probó cada paso. A mitad del puente se detuvo. El agua corría abajo y la cola se le pegó al vientre. «Podemos volver», dijo Búho con calma. Bani pensó y eligió avanzar dos tablas más. Luego otras dos. En la otra orilla, el farol encendió una franja cálida. La valentía, descubrió Bani, no se parecía en nada a saltar hacia delante con los ojos cerrados.

Más adelante algo tintineó en la hierba. Bani volvió a sentir miedo, pero no salió corriendo. Alumbraron desde el sendero y vieron una pequeña luciérnaga con un ala atrapada en un tallo seco. Bani extendió la pata enseguida. Búho lo detuvo. «Primero vemos si es seguro ayudar». Con una ramita larga soltaron el tallo sin agarrar al insecto. La luciérnaga voló en círculo y se posó sobre el farol. La luz creció. «Creo que ha decidido que nuestro farol necesitaba una ayudante», dijo Bani.

Justo antes de la biblioteca, una sombra enorme cruzó el sendero. Bani se quedó quieto. Volvió el frío en el vientre y las ganas de esconderse. «Pero ya he superado cosas que daban miedo tres veces. ¿Por qué vuelve?» «Porque el miedo no obedece las órdenes de ayer», respondió Búho. «Comprobamos otra vez». La sombra era una rama movida por la luna. Bani respiró, sintió el suelo bajo las patas y miró hacia donde quería ir. El miedo seguía caminando a su lado, pero ahora se parecía menos a un gigante delante y más a un pequeño acompañante.

En la biblioteca, la última luciérnaga ya se preparaba para apagar las lámparas. Bani devolvió el libro a tiempo y la bibliotecaria estampó una luna creciente en la última casilla. «¿La aventura valió una multa?» «La aventura valió la pena para no tener multa», respondió Bani con mucha seriedad. Todos rieron. De regreso, el farol iluminaba las piedras sin convertir la noche en día. Bani incluso vio lo bonitas que eran las sombras entre los árboles. El bosque no había cambiado. Él había aprendido a mirarlo con más cuidado.

En la puerta de casa, Búho regaló a Bani un marcapáginas luminoso: TENER MIEDO NO SIEMPRE SIGNIFICA PARAR. PRIMERO, COMPRUEBA. Bani lo puso en su siguiente libro. Pensó que quizá la valentía no vivía dentro de ningún farol especial. Aparecía cuando podía detenerse, mirar, pedir ayuda y dar un paso seguro aunque las rodillas temblaran un poquito. A la mañana siguiente el farol volvió a verse tenue. A Bani no le importó. Ahora sabía qué era lo que de verdad lo hacía brillar.
