Historia 01
Bani y la Luna que perdió su sonrisa
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En una casa muy acogedora vivía un bulldog francés llamado Bani. Era pequeño y fuerte, con orejas enormes y una cara muy seria. Pero todos sabían que detrás de aquella expresión vivía un verdadero explorador.
A Bani le encantaban tres cosas: comer rico, pasear y encontrar aventuras donde nadie más las veía.
Una noche se preparaba para dormir. Dio tres vueltas sobre su almohada, suspiró dos veces y, justo cuando cerraba los ojos, vio algo extraño: la Luna brillaba fuera, pero no sonreía.
Normalmente era redonda, luminosa y alegre. Aquella noche estaba pálida. Bani se acercó a la ventana. «¿Guau?» La Luna parpadeó y un pequeño sobre plateado cayó del cielo directamente al alféizar.
La nota decía: «¡Ayuda! He perdido mi sonrisa. Sin ella, todos los sueños bonitos se apagarán. Luna». Bani decidió salvarlos. Se puso su mochila amarilla, guardó una galleta, una linterna y un plátano, y salió.
La noche no daba miedo. Las farolas zumbaban, los árboles susurraban y las estrellas le enseñaban el camino hasta el Bosque de las Campanillas Dormilonas, donde cada flor tocaba una nana al pasar.
Allí encontró una luciérnaga cuya luz se había apagado. Bani iluminó su camino con la linterna y, agradecida, la luciérnaga le mostró un atajo.
El atajo terminaba en una montaña con una escalera de nubes. Era altísima para las patas cortas de Bani, pero subió. En el escalón treinta y cinco comió media galleta, en el cuarenta la otra mitad y en el cincuenta decidió que las escaleras eran demasiado largas.
Arriba estaba el Palacio de la Luna. Ante la puerta se sentaba un enorme perro guardián de largo pelo gris oscuro y crema. Parecía una montaña suave, y bajo el flequillo asomaban dos ojos marrones y bondadosos. «¡Nadie pasa!», anunció el Guardián. Entonces su barriga gruñó todavía más fuerte.
En la mochila quedaba el último plátano. Bani adoraba los plátanos. Miró el plátano, al Guardián y otra vez el plátano… y se lo ofreció. «¿Para mí?» Bani asintió. Nadie había compartido antes su último plátano con el Guardián, así que abrió las puertas.
En el palacio estaba la Luna, enorme, plateada y triste. Dijo que el Viento del Olvido había robado su sonrisa. Bani pensó y preguntó: «¿Cuándo sonreíste por última vez?»
La Luna recordó a un niño que había arropado con cariño a su juguete. Entonces Bani comprendió que una sonrisa no era una cosa que pudiera esconderse: aparece cuando ocurre algo bueno.
El Guardián contó que Bani le había dado su último plátano. La Luna miró la mochila vacía y empezó a sonreír. Primero un poquito, luego más, hasta que se echó a reír. El cielo se llenó de luz y los niños del mundo tuvieron sueños maravillosos.
La Luna ofreció a Bani un deseo. Podía pedir montañas de galletas o millones de juguetes, pero pidió que sus amigos siempre tuvieran buenos sueños. «Concedido», dijo la Luna.
Una nube llevó a Bani de vuelta a casa. La Luna le guiñó un ojo. Bani intentó responder, pero cerró los dos a la vez y se quedó dormido. Una campanilla lunar sonó: «Din… Buenas noches, Bani. Hasta la próxima aventura».








